lunes, 28 de octubre de 2013

La reforma hacendaria un revés contra la clase media




Por: Alejandro Aldana Sellschopp.


Para: Emiliano y Luz.

Este viernes 18 de octubre finalmente se aprobó la reforma hacendaria, complejo y arduo proceso en el se pusieron en juego un sin número de mecanismo para, por un lado, evitar que fuera aprobada en los términos que la presentaría el PRI, y por el otro, para que el Secretario de Hacienda saliera triunfante.
El sector de empresarios inmediatamente se puso manos a la obra al enterarse que la reforma que proponía Luis Videgaray vulneraba varios de sus privilegios. En los medios de comunicación, cuyos dueños pertenecen a éste sector, se quejaron, criticaron y reclamaron al gobierno por sus posturas agresivas contra ellos. Un ejército de cabilderos se encargó de negociar con algunos diputados, los resultados de dichas tareas fueron positivas, de pronto el PRI se encontró en un escenario que muy probablemente no había previsto, el PAN se oponía a la reforma tal cual la presentaba el PRI, con lo que al Revolucionario Institucional no le quedó más que buscar una alianza con el PRD.
Es de todos sabido que Jesús Zambrano ha fortalecido dentro de las filas perredístas una actitud oficialista, muy cercana a Peña Nieto. El PRI consiguió que el PRD le cediera los votos que necesitaba para que la reforma finalmente se aprobara; sin embargo, fue necesario realizar algunas enmiendas y ajustes, con lo que el PRI no alcanzaría sus objetivos planteados originalmente, hacienda tan sólo recaudará 56 mil millones de pesos de los 240 millones que se tenían estimados.
La reforma tal cual se aprobó tiene puntos que llaman la atención: Se elimina el régimen simplificado para el sector primario, en cuanto al ISR se baja la deducción en la compra de automóviles, así como en la renta de coches. Se incluye un aumento progresivo del impuesto sobre la renta, que afectara a los miembros de la clase media que ganan hasta 500 mil pesos en el año, es decir, todos aquellos que ganen menos de 500 mil pesos al año, serán afectados con el ISR progresivo, lo cual se hace aún más problemático para los trabajadores, ya que será más difícil que se les aumente el sueldo, ya que será gravable. En materia de impuestos para personas físicas las cosas se vuelven más difíciles, el gobierno de Peña pretendía que la tasa marginal de 32% para ingresos superiores a 500 mil pesos en el año, hasta esa cifra se pagaría una tasa máxima de 30%; sin embargos los diputados estipularon que aquellos que ganen más de 500 mil pesos al año tributen una tasa de 31%.
En cuanto al IVA en zonas fronterizas tributarán una tasa general de 16%, ya no de 11% como se pagaba ahora, lo que provocará que la vida de estas zonas del país se encarezca.
El PRD sostiene, como una irrisoria bandera, que logró que se impusiera un impuesto de un peso por litro en las bebidas azucaradas y el 5% en los alimentos chatarra. Hay que señalar que el gran triunfo perredísta lacera gravemente a la Cooperativa Pascual, empresa mexicana, que en un esfuerzo para apoyar al campo de nuestro país utiliza para sus refrescos fruta y azúcar mexicanas. Las empresas transnacionales de bebidas no usan azúcar, sino jarabe de fructuosa que compren fuera del país.
La reforma aprobada dista mucho de ser estructural, y deja de ser la gran jugada de Videgaray para recaudar una fuerte cantidad que le permitiera a las finanzas públicas sobrevivir sin la necesidad de los cuantiosos activos que aporta PEMEX, así las cosas el gobierno de Peña sufre un fuerte revés en su estrategia de reformas para, según ellos, mover a México.        

jueves, 10 de octubre de 2013



La magia del Circo V
(El circo de Oskar Chon).

Por: Alejandro Aldana Sellschopp.

Para: Luz y Emiliano.

Las funciones del circo se celebraban a las cuatro de la tarde. La hora en que el sol comenzaba a despedirse de la selva, justo en esos minutos en que las garzas abandonaban los potreros y partían al nunca, al siempre. Tiempo de circo. Horas y minutos sin tiempo. Los tordos y zanates armaban su algarabía en los árboles del parque, mientras las familias: padres, hijos y abuelos, avanzaban por la calle del campo como una procesión de la alegría. Ricos y pobres nos mezclábamos, ahí los hijos del dueño de las avionetas y cinco hangares, allá los hijos del padre Rangel, más allá el dueño de la paletería La Michoacana, el zapatero, el tortillero, el cacique y todos sus hijos. Todos vestidos con sus mejores ropas, caminando codo a codo hacia la tierra de los sueños.
A lo lejos se escuchaba la estridente música de Chico-che: “Los nene con los nenes, las nenas con las nenas...”, interrumpida por momentos por la voz de Edmundo Piler, quien invitaba al respetable a tomar su localidad. El espectáculo comenzaba en las inmediaciones del campo aéreo. La pobreza del circo no era impedimento para soñar.
La hilera de focos de colores se encendía, con su tímida luz opacada aún por los rayos de sol. Largas mesas ofrecían: mangos verdes con chile, naranjas, palomitas en diminutas bolsas de plástico, chicharrines, paletón corona, Halls, Mamuts, chicles Yucatán, Motita, Bombero, Sugus, Palelocas, Salvavidas, Chupirules, y los infaltables algodones de azúcar. El olor de aquel circo es indescriptible: combinación de palomitas recién reventadas, orines de chivo y perros, sudor, perfumes: Siete machos, Lavanda, Siete brujas, Mujercitas, Charissma, Topaze, Old spice, Willy contry, todo lo que se imaginen de Avón, Colbert, Patrich, más los humores del río que estaba a escasos metros, el aroma de viruta, aserrín, cascabillo y hasta juncia que se tendía en toda la superficie del circo.
El circo era sin dudas la puesta en escena de nuestro imaginario colectivo. El espectáculo tenía mucho de fiesta, carnaval y algarabía. Todos los que asistíamos a las funciones sabíamos que formábamos parte de un juego: el de la risa.
Lejos estábamos de saber que en tiempos prehispánicos se realizaban representaciones de lo que hoy conocemos como pantomimas, cuadros teatrales y acrobacias, en los patios de los palacios o en los momoztli. En esencia, el espectáculo había cambiado poco. Al igual que los mexicas, nosotros veíamos estupefactos una combinación de lo terrible y lo amable, un guajolote siendo obligado a bailar en un comal al rojo vivo, al ritmo de nuestras palmas, reírnos a carcajadas de una gallina pintada de colores que infructuosamente trataba de caminar por el alambre.
En plena pista se nos revelaba lo grandioso y lo pequeño, El Mago Hugo de Karma hipnotizaba a tres muchachos de la secundaria, no podíamos dar crédito, aquellos jóvenes, a quienes conocía todo el público, no podían prestarse a una estratagema. Quizá uno de los trucos más sorprendentes de Edmundo Piler, fue la noche cuando mandó colocar un televisor de bulbos, con un corte de mangas hizo apagar todas las luces, de pronto se encendió el televisor, unos pases mágicos y listo: se comenzó a ver un programa de televisión, la pantalla no parpadeaba, ni subían o bajaban líneas negras, una imagen nítida, extraordinariamente clara, recuerdo muy bien que se traba de un episodio de los Dukes de Hazzard, ahí iban, en impecable blanco y negro, Bo y Luke en su General Lee, el Dodge Charger, con el número uno pintado a sus costados, a toda velocidad, saltando puentes a medio terminar y levantando tremenda polvareda, atrás los perseguía Rosco en una patrulla que no dejaba de aullar.
El número de Edmundo Piler dejó sorprendidos a todos. Fue la primera vez que vi a un pú
blico aplaudir de pie y durante largos quince minutos, Piler salió tres veces de la cortina, para agradecer las muestras de admiración y cariño. Años después nos enteramos que varios propietarios de televisores, incluso el presidente municipal, visitaron esa misma noche a Edmundo Piler en su carromato, para que les develara el truco. Piler que era un buen mago, jamás develó su secreto.

martes, 17 de septiembre de 2013

El circo de las gallinas.


HOLA ALEJANDRO TE COMPARTO ALGO QUE ESCRIBI SOBRE EL CIRCO.
El circo de las gallinas

Emilio Gómez Ozuna
Como ya les conté, frente al barrio instalaban los circos que llegaban al tranquilo pueblo del Jovel, algunos muy rimbombantes y caros, montones de animales con filas de camiones, como hormigas en unas noche convertían el campo de fútbol en un paraíso de colores, animales, olores y vendimias de la región.
Los vecinos de los barrios, sin prudencia se instalaba alrededor con sus mesas, se alumbraban con quinqués, sus braceros y fogatas, algunos hasta con sus petates y taburetes cargaban, toda la familia, como feria, los altavoces anunciaban la carne, la moronga, el chorizo y la chanfaina de Cuxtitali, los de San Ramón con sus trastes y adornos de barro, los de Mexicanos sus telas de azul añil para las naguas de las mujeres de Chamula.
No podían faltar los cueteros de Santa Lucia y San Antonio, los juguetes de madera del cerrito de Guadalupe y los confites de colores de la garita, mocas, dulces de duraznos pasa con su cajita de tejamanil, obleas de turrón y rompope de almendras. Algunos coletos “finos” en su carro ofrecían pierna ahumada, butifarra y queso de puerco.
Pan de San Ramón y herrería forjada del cerrillo, los Chamulas con sus elotes y chayote hervido, de Tenejapa cacahuates y guax guinda, de Zinacantán las ciruelas y manzanitas, cervecita dulce del centro, chalupas y empanadas.
Pero un día llego un circo sin techo, del tamaño de una casita, con la carpa como ánimas flotando, un carrito que apenas aguantaba la carga y sonaba como matraca, una bailarina percudida, casi una niña, un payaso que brillaba de sucio y el hombre más fuerte del mundo apixcahuado de tan viejo.
Un borrego, cuatro chuchos y seis gallinas.
Solo la Caguama y sus algodones rosados de azúcar y el taquero Funes se atrevieron a vender, uno que otro niño contratado por el circo ayudaron a instalar.
Un tostón costó la entrada, pocos fuimos a la función, el anuncio de las gallinas, atrapaba la atención.
Resonaron los tambores que tocaba el apixcahuado, al borrego lo toreaba el payaso tan chorreado, a los perros tras el hueso y la niña bailarina, las gallinas en la pista una a una se trepaban, por los lazos empinados a subirse a su costal.
De ese circo si me acuerdo, por que entristecieron mi niñez. 

lunes, 16 de septiembre de 2013

La magia del circo



La magia del circo IV

Por: Alejandro Aldana Sellschopp.

Para: Luz y Emiliano.


El Circo de Edmundo Piler era el único que llegaba al pueblo. Nuestros abuelos contaban que en los años cincuenta, del siglo pasado, había llegado un circo cuyo redondel, la parte del costado, estaba constituido de petates, el nombre del aquel singular circo lo habían olvidado.
Al llegar al campo aéreo quisimos sumarnos a los muchachos de la secundaria que ayudaban a levantar el circo. Edmundo Piler se veía en la necesidad de “contratar” a hombres de las localidades que visitaban para los trabajos de izar el redondel y levantar la galería, entre otros trabajos pesados. Al tratarse de un circo pobre, la única bonificación era un pase de entrada para alguna de las funciones y claro, tener el honor de ser parte del espectáculo, aunque fuese por una horas.
Nosotros, niños de tercer año de primaria, simplemente observábamos, ya que nunca nos dejaban “trabajar”, debíamos conformarnos con juguetear con las sogas, ver a Edmundo Piler dirigir las labores, estar cerca de los artistas: payasos, domadores, alambristas, trapecistas y magos. Ahí los veíamos sin camisa levantando fierros y lazos, acarreando tablas, trayendo aserrín y virutas de las carpinterías del pueblo.
El circo de Edmundo Piler no contaba con zoológico, así llama la gente de circo al lugar donde están los animales, simplemente amarraban a una estaca al cerdo que hablaba, el guajolote que bailaba el jarabe tapatio sobre un comal caliente, tres famélicos perritos amaestrados, dos cabras y un chivo negro.
Cuando teníamos un poco de suerte, los niños, hijos de los hombres y mujeres del circo, accedían a jugar con nosotros, era fantástico verlos hacer marometas, contorciones y saltos mortales con gran facilidad.
Instalar al circo en el campo aéreo tenía sus desventajas, como aquella tarde en que una avioneta, que no pudo aterrizar en uno de los ranchos dedicados al cultivo de café, regresó al pueblo para aterrizar en medio de la función circense. A penas tuvimos tiempo de salir corriendo, los hombres del espectáculo alcanzaron a desatar lazos y correas, salvando la mitad del redondel, la avioneta aterrizó llevándose una parte de la lona sobre el parabrisas. Esa tarde el payaso Rabanito no atendió a nadie, ya que fue él quien salió volando sobre el graderío y requirió que lo trasladarán al hospital del pueblo.
A partir de ese día las funciones se cambiaron de lugar, ahora se utilizaba un terreno a un costado de la pista de aterrizaje. Nunca más un avión interrumpiría la función de circo.

miércoles, 4 de septiembre de 2013


La magia del Circo III
(El circo de Oskar Chon).

Por: Alejandro Aldana Sellschopp.


El día en que arribaba el circo al pueblo era extraordinario. En la escuela primaria las horas pasaban con una lentitud exasperante, las clases se hacían aburridas y vacías. En el recreo preguntábamos a las vendedoras de melcochas, que se ponían en una hojita de naranja, si era cierto que el circo había llegado, ante su respuesta afirmativa la ansiedad crecía aún más. Las tres horas que seguían al descanso eran las peores, el sol se empeñaba en carcomer los muros de adobe de las casas, el río corría con lentitud inaudita, no se escuchaban ruidos desde las calles, parecía que el pueblo dormía o estaba poblado por fantasmas cuyo infierno era el silencio. Es la hora del diablo, nos dijo Panchito Quevedo, uno de mis mejores amigos de aquellos tiempos, y quién siempre tenía una teoría para todo, A las doce del día se detiene el mundo, y reina el diablo, es la hora de los suicidios, remató Panchito, haciéndose el interesante.
Al sonar la chicharra nos reuníamos en el campito de la Iglesia: Panchito Quevedo, El Quijote, que en realidad se llamaba Miguel, pero que nuestro maestro comenzó a llamar Quijote por su triste figura, alto, desgarbado y estar siempre en la luna, Joaquín El Gato, que tenía gran parecido con el felino, sobre todo los ojos claros, como de miel. Hacíamos planes de cómo ayudaríamos a los hombres del circo a levantar el graderío, las lonas, las estacas, los tensores, y demás.
El circo se instalaba en lo que llamábamos grandilocuentemente el campo aéreo, que en realidad es una pista revestida de grava donde las avionetas aterrizaban en su diario trajín en la comercialización del café, en sus mejores años el tráfico aéreo del pueblo fue tan nutrido que se llegó afirmar que en los años sesenta fue el tercer “aeropuerto” de mayor movimiento aéreo de esta república moribunda, claro que jamás creímos en esas historias, inventadas por los viejos para tener algo de qué sentirse orgullosos.
Caminamos por toda la calle del Campo hasta llegar a la pista. En efecto ahí estaban los hombres del circo en sus trabajos de levantar el graderío. A principios de los años ochenta, del siglo pasado, a nuestro pueblo solamente llegaba un circo: el de Edmundo Piler. El señor Piler era oriundo de nuestro pueblo o de alguno cercano, en realidad nunca supimos mucho sobre él y la gente que trabajaba en su espectáculo. Es muy probable que quienes actuaban en la pista eran su propia familia. Un circo familiar o de familia. El circo era muy pequeño, pero en aquellos años nos parecía enorme, la galería era de cuatro pisos, no tenía tubería, ni la carpa superior, por lo que la parte de arriba quedaba al descubierto, las funciones de la tarde eran hermosas, veíamos a los trapecistas hacer sus números con el cielo tornasolado al fondo, y en las noches se veía el cielo tachonado de miles de estrellas.
No tener carpa era una invitación para que muchos espectadores sin dinero y atrevidos subiesen a los árboles cercanos a para observar desde ahí la función. En muchas ocasiones más de uno cayó de los árboles, y la función se suspendía, ya que los mismos trabajadores del circo los auxiliaba, pues las autoridades municipales responsabilizaba a Edmundo Piler por cada uno de los accidentados. Ahí veíamos correr al payaso Rabanito, que se decía era médico, con su botiquín para atender a los caídos.

miércoles, 28 de agosto de 2013

La magia del circo II (El circo de Oskar Chon).


La magia del circo II
(El circo de Oskar Chon).
Por: Alejandro Aldana Sellschopp.

Para: Luz y Emiliano


El pueblo, con casas de adobe y calles empedradas, puentes techados y molinos de maíz en cada barrio, con su iglesia y su santo montado a caballo matando eternamente al mismo moro, se encuentra entre dos altas montañas, allá abajo esta el caserío, la quietud, el silencio. Gracias a esa situación geográfica en los años ochenta del pasado siglo, no se podía ver televisión, faltaban costosas antenas; sin embargo, los ricos del pueblo, para no sentirse fuera de la modernidad, tenían sendos televisores que a lo más transmitían ruido blanco, rayas que bajaban a una velocidad exorbitante, y de vez en cuando alguna que otra sombra se dibujaba se prestaba para mil elucubraciones por parte de ese remedo de televidentes.
La gente asistía puntualmente a misa de siete de la mañana, de doce del día y seis de la tarde, dios era la única diversión, sin contar claro está las cantinas y el billar. De vez en cuando aparecía una caravana de húngaros, así llamábamos a los gitanos, aparcaban en algún terreno baldío, izaban una pequeña carpa de lona, y salían a recorrer las calles ofreciendo sus servicios como adivinos y nigromantes. Leían las cartas y la palma de las manos, y de paso, decían nuestros padres, se robaban a los niños. Por las tardes exhibían películas en los terrenos donde se habían instalado, a pesar del miedo que nos provocaban, asistíamos sin falta a la función de cine, bien bañados y perfumados.
Los húngaros se iban como llegaban, sin hacer mucho ruido, generalmente partían al anochecer o en las madrugadas, los adultos decían que era para que no viéramos a todos los niños y niñas que se robaban.
La llegada de los gitanos era un acontecimiento especial, nos dejaban escucharlos cantar y bailar con sus perros amaestrados, adivinaban el futuro y proyectaban películas en una roída sábana atada con cables. Sin embargo, la magia no se hacía presente, teníamos que esperar largos meses hasta que algún compañero de la escuela primaria nos decía casi en secreto, que finalmente había llegado el verdadero espectáculo de magia y fantasía: el circo.

domingo, 18 de agosto de 2013

El circo I (El circo de Oskar Chon)



La magia del Circo 1
(El circo de Oskar Chon).

Por: Alejandro Aldana Sellschopp.


Mi niñez transcurrió en un pueblo perdido de la selva chiapaneca. Estábamos rodeados de la más variada y exuberante vegetación, las copas de los árboles se entrelazaban con enredaderas formando una cubierta que impedía el paso de los intensos rayos del sol, ahí abajo, en la frescura húmeda crecían los cafetos repletos de cerezos rojos, telas de araña y una calma milenaria donde el tiempo se detenía para contemplarse en el agua de algún arroyo de aguas cristalinas. Estábamos rodeados de selva: arbustos, lianas, bejucos, orquídeas volando sobre la semioscuridad del cafetal. La selva era un animal omnipresente, su lenta respiración la sentíamos todos en el viento caliente de la mañana, en la humedad de la tarde, en las torrenciales lluvias que caían sobre un pueblo durmiendo su edad de oro. Ahí la caoba, el roble, el cedro rojo, el cacao, las anonas, la guanábana goteando su interminable miel, los platanales y su frescura, el palo de Campeche, el mulato, el corcho donde crecen los gusanos zatz, delicia de exigentes paladares. Estábamos rodeados de selva. Veíamos ardillas, comadrejas, el sabin, los tlacuaches, perros de agua, mapaches, sobre las palmeras del parque central lechuzas blancas construyeron su nido, en los naranjos de los caminos se posaban los quetzales. En los tulipanes rojos y amarillos de la escuela primaria revoloteaban los colibríes, que nosotros llamábamos chupamirtos, si tenías un poco de suerte, de camino al rancho de algún amigo observábamos un tucán bajo el esplendor del día. Estamos rodeados de selva. Las lagartijas y los tolocs hacían sus nidos en nuestros refrigeradores o estufas, las coralillos aparecían en las bañeras, las ratoneras en los trasteros. La selva caminaba como un mastodonte prehistórico, se metía a las casas, crecía en los tejados y tapaba los tubos de agua, se colgaba de los árboles de toronjas y mandarinas, llovía hasta el panteón anegando las tumbas para dejar al descubierto algunos cuerpos y huesos de difuntos. La selva reptaba de noche, robaba las gallinas de los gallineros, degollaba patos, se comía el maíz y el frijol, se escurría por los corredores y ventanas, entraba a las habitaciones y lentamente iba penetrando nuestras bocas y fosas nasales, hacía su nido en nuestros cuerpos, en nuestros huesos y en nuestra sangre.