miércoles, 11 de febrero de 2009

Alfonso Reyes y Radiohead



Alfonso Reyes y Radiohead
Por: Alejandro Aldana Sellschopp.

I.-Alfonso Reyes y Radiohead UNO

(Yo debo… ser... paranoico… pero… no… un androide)

Difícilmente podríamos imaginar a un joven seleccionar OK Computer en su ipod y tomar con entusiasmo el tomo V de las obras completas de Alfonso Reyes, para tumbarse al sol y disfrutar de la lectura.
La vigencia de la obra alfonsina ha venido disminuyendo con los años a una velocidad alarmante, parafraseando al propio Reyes diría que hay que rescatar la verdadera figura de Alfonso Reyes por entre una maraña de confusiones, discursos oficialistas, el rancio olor de lo consagrado, que en su caso llega a ser sagrado, y las rutinas escolares, incluyendo el academicismo ramplón que se empeña en ungirlo dios helénico entre la barbarie mexica.
Hay que decirlo de una buena vez, quien alejó a sus posibles lectores fue Reyes mismo. Empeñado, casi de manera enfermiza, en concentrar todos, sí todos sus escritos, sin discriminar nada, en sus monumentales obras completas, las cuales más allá de ser un monolito de papel, constituyen un perfecto artefacto repelente para lectores.
Don Alfonso, cuyo Don lo muestra aún más lejano, vetusto e impersonal, escribió la friolera de ¡más de 150 libros!, una verdadera hidra libresca que atemoriza al despistado lector en potencia, fustiga al burocrático investigador y lo peor de todo, el esperpento se devora así mismo, tragándose sus mejores partes.
En su ensayo La estrategia del “gaucho” Aquiles, de su extraordinario libro Junta de sombras, Alfonso Reyes escribe unas líneas que bien podrían estarnos hablando a nosotros, simples hombres y mujeres de principio del siglo XXI, que nos perdemos en los desquiciantes ritmos de Paranoid Android: “No hay que tener miedo a la erudición. Hay que contemplar la Antigüedad con ojos vivos y alma de hombres, si queremos recoger el provecho de la poesía. Hay que volver a sentir las cosas de la epopeya como las sentían el poeta y sus oyentes. De otra suerte, las letras se quedan embarradas en el papel y sólo sirven para que se aburran con ellas los estudiantes y aprendan, a lo sumo, a recitarlas de loros con ese sonsonete, esa “odiosa cantio” que ya exasperaba a San Agustín”. La obra de Reyes se quedó relegada a los cenáculos de la academia, ninguno de sus textos es cantado por eso que llaman pueblo, ni enarbola la causa nacionalista, ni constituye blasones para la república de las letras, ni en el último intento de vigencia, sirve para abrir los honores a la bandera en cualquier primaria de nuestra república.
José Joaquín Blanco nos dice, al referirse a las obras completas, que: “Pocas veces se ha hecho una empresa tan majestuosa para un público tan inexistente”. Como todos sabemos Alfonso Reyes detestaba la hybris, cólera que conduce a la perdición; sin embargo, ya en la vejez un hado le jugó una mala pasada y lo obligó a envanecerse con su propia figura, Reyes observó el charco de agua y se enamoró de la imagen que veía: su rostro transfigurado en veintiséis gruesos tomos, ordenados en un anaquel burocrático.
Así Reyes se convirtió en un Sísifo alucinado que carga el tremendo peso de su obra sobre sus hombros, hasta un peñasco donde no lo espera ningún lector, sin mediar palabra arroja los libros al vacío para volver a recogerlos y llevarlos nuevamente al peñasco de la injusticia literaria.

1 comentario:

Raúl Vázquez Espinosa dijo...

Con que Reyes tenga uno o dos verdaderos lectores creo que basta. Para qué, no dices en tu texto, leer a Reyes. Buen ejercicio sería que nos presentaras la respueta. Para qué leer a Reyes. Bloom lo apreciaría.

Raúl Vázquez