lunes, 11 de octubre de 2010

Voces del inframundo. Fallece maestro José Antonio Reyes Matamoros.

Voces del inframundo
Samuel Máynez Champion

Revista Proceso


El 9 de febrero de 2009 apareció en mi correo electrónico un mensaje que, de manera perentoria, atrapó mi interés: se me solicitaba una entrevista para hablar de un proyecto operístico surgido en la Escuela de Escritores de San Cristóbal Las Casas. Aunque escueta, la misiva daba pie para un sinfín de elucubraciones en las que, invariablemente, el Bel Canto se erguía en locaciones impensables pero, asimismo, maravillosas. Imposible suponer que atrás de los gestos mecánicos que originarían las comunicaciones virtuales de ida y vuelta se guarecía una amistad entrañable y menos aún, que el lapso temporal para que ésta se fraguara sería tan breve.

Días después apareció en mi domicilio un hombre bien plantado que miraba de frente y sonreía con el rostro íntegro. Se trataba del maestro José Antonio Reyes Matamoros quien había fundado y dirigía la escuela para escritores de la ciudad chiapaneca. Su grata presencia y la convicción de sus palabras disolvió con pasmosa inmediatez el azoro propio de los desconocidos que están destinados a de dejar de serlo. A simple vista, el maestro carecía de recovecos y se manifestaba con la franqueza de los individuos que han vibrado en todas las tonalidades con que la vida los ha envuelto; desde las privaciones y la cercanía con la muerte, hasta la convivencia diaria con las flores del intelecto y los perfumes del espíritu.

Tardó más de lo previsto el ingreso en la conversación del porqué del encuentro. José Antonio quería saber más de mí y, por alguna razón que me rehuía, lo ruborizaba traer a colación un proyecto que, a pesar de apasionarlo, le merecía juicios despiadados. Decía que tenía la idea pero que el estado de la misma era embrionario y que no sabía cómo cristalizarla en el terreno melódico. Quería hacer una ópera que se destinara para el ciudadano de a pie o, macehual, según su propio decir, mas no era versado en música. Inopinadamente, destrabó sus reticencias mostrándome un libreto titulado Nezahualcóyotl, Ópera-blues en 4 actos. Me lo entregó como si yo fuera un ginecobstetra que habría de ayudar a parirlo con ventura…

En ese punto de la plática la confianza fluía a torrentes y no dude en decirle que, con independencia de sus méritos literarios, la idea arrostraría obstáculos; sobretodo, aquellos interpuestos por los sujetos que detentan los puestos de poder en las Bellas Artes, para quienes lo relacionado con la causa indígenísta seguía siendo un tema álgido que era conveniente mantener en prudente folclorismo. Con apego a los hechos, le recordé que ya se habían compuesto obras basadas en mandatarios indígenas de feliz memoria y que no habían logrado evadir el menosprecio. Aniceto Ortega montó su Guatimotzin en 1871 alcanzando sólo un par de representaciones. Caso análogo al del poema sinfónico Cuahtémoc concebido en 1929 por José Rolón que aguarda que se le rescate. Peor aún lo sucedido con la ópera Nezahualcóyotl de Roberto Téllez Oropeza escrita en 1949 que ni siquiera se ha estrenado.

Como broma a medias mencioné que una opción infalible para su éxito sería injertar la figura de un amo de las drogas como narrador. ¿Por qué no recurría a un capo del narco que se identificara con las atrocidades sufridas por el Señor de Texcoco para dar vida desde el presente a un drama mancomunado? ¿No había presenciado Nezahuacóyotl como asesinaban a su padre y no había debido sofocar la insurrección de su propio hijo matándolo en aras de la estabilidad del imperio?... José Antonio respondió que más allá de coincidencias el país necesitaba aferrarse a personajes míticos que encarnaran al ideal de gobernante, es decir, al guerrero sabio que hace acopio del arte para dignificar la existencia de su pueblo, o al regidor sensible que encara los misterios de su corazón valiéndose de la veracidad de la palabra. Ante la puntualidad de su argumentación aduje que si se apoyaba en el potencial de las palabras para despertar la conciencia, entonces debía evitar el español. ¿Por qué no ampliaba el espectro de la dominación lingüística traduciéndola al inglés? ¿No había pensado desde un inicio en hacer una ópera blues?

Mi nuevo amigo aceptó que la última propuesta podría tener futuro y se despidió dejándome la tarea de hacer una lectura rigurosa de su libreto. A su vez, él recapacitaría en mis observaciones para afinar la parte literaria del trabajo. Lejos estaba yo de caer en la cuenta que acababa de estrechar la mano de un mexicano excepcional. Su modestia le había impedido contarme de las luchas acérrimas que había librado, de su incorruptibilidad, de sus logros como maestro y de sus profundos desengaños. Junto a las disquisiciones musicales, la acelerada descomposición que corroía la faz de la patria había acaparado la charla. Sabría más adelante que la trayectoria de mi amigo era ejemplar. Había participado en la guerrilla y ante su infructuosidad había abrazado el rol de educador. Se había sumado a las campañas alfabetizadoras en comunidades marginadas y había empeñado su aliento para preservar la palabra indígena. A sus esfuerzos se debía la publicación de libros en tzotzil, chol y tseltzal emanados de los talleres literarios que impartía en su escuela, así como la traducción en lenguas mayas de los Acuerdos de San Andrés. Sin duda, José Antonio era un mentor exigente que se aplazaba a si mismo en pos de los demás.

Concluida la lectura del libreto me comuniqué con él para decirle con la garganta hecha nudo que estaba convencido de su eficacia; la fuerza de sus parlamentos era contundente y, en mi entender, era obra de un poeta consumado. Acordamos volver a reunirnos para que me mostrara las enmiendas que le había hecho y para buscar, entre ambos, a un músico de blues que estuviera a la altura. Ese día no llegaría jamás.

El 25 de septiembre de 2010 se me convoca a su sepelio. Con apenas 50 años de edad, José Antonio sufre una embolia pulmonar que arrasa con su tiempo entre los vivos. Frente a su ataúd resuenan palabras henchidas de agradecimiento. Concluye así, una vida terrena volcada hacia la solidaridad con el prójimo, abriéndose paso una estela fecunda que se conforma, entre otras virtudes, por un importante corpus literario que espera ver la luz. Uno a uno, sus alumnos (1) y sus seres queridos tejen una elegía fúnebre que pervivirá en la memoria de los que, como él, quisieran vivir en un país menos injusto. En el umbral de la funeraria su madre recibe las cenizas calientes mientras surgen desde el míctlan las voces del Rey poeta que ha sido invocado para clamar por la inacabable tragedia de su gente.

[1] Se recomienda la audición de los poemas de Juan Álvarez, alumno estrella del maestro Reyes Matamoros. Para escucharlos pulse la ventana de audio correspondiente.

Se trata de extractos poéticos del libro Así canta la muerte de Álvarez, quien recita en tzeltzal y español. Con esta obra el joven poeta chiapaneco acaba de recibir el premio continental en lenguas indígenas.


1 comentario:

XXXXX dijo...

hola alejandro, oye, te dejo el link de punto en línea, me acaban de publicar u texto sobre schopenhauer y goethe

http://www.puntoenlinea.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=467&Itemid=1