lunes, 11 de octubre de 2010

Voces del inframundo. Fallece maestro José Antonio Reyes Matamoros.

Voces del inframundo
Samuel Máynez Champion

Revista Proceso


El 9 de febrero de 2009 apareció en mi correo electrónico un mensaje que, de manera perentoria, atrapó mi interés: se me solicitaba una entrevista para hablar de un proyecto operístico surgido en la Escuela de Escritores de San Cristóbal Las Casas. Aunque escueta, la misiva daba pie para un sinfín de elucubraciones en las que, invariablemente, el Bel Canto se erguía en locaciones impensables pero, asimismo, maravillosas. Imposible suponer que atrás de los gestos mecánicos que originarían las comunicaciones virtuales de ida y vuelta se guarecía una amistad entrañable y menos aún, que el lapso temporal para que ésta se fraguara sería tan breve.

Días después apareció en mi domicilio un hombre bien plantado que miraba de frente y sonreía con el rostro íntegro. Se trataba del maestro José Antonio Reyes Matamoros quien había fundado y dirigía la escuela para escritores de la ciudad chiapaneca. Su grata presencia y la convicción de sus palabras disolvió con pasmosa inmediatez el azoro propio de los desconocidos que están destinados a de dejar de serlo. A simple vista, el maestro carecía de recovecos y se manifestaba con la franqueza de los individuos que han vibrado en todas las tonalidades con que la vida los ha envuelto; desde las privaciones y la cercanía con la muerte, hasta la convivencia diaria con las flores del intelecto y los perfumes del espíritu.

Tardó más de lo previsto el ingreso en la conversación del porqué del encuentro. José Antonio quería saber más de mí y, por alguna razón que me rehuía, lo ruborizaba traer a colación un proyecto que, a pesar de apasionarlo, le merecía juicios despiadados. Decía que tenía la idea pero que el estado de la misma era embrionario y que no sabía cómo cristalizarla en el terreno melódico. Quería hacer una ópera que se destinara para el ciudadano de a pie o, macehual, según su propio decir, mas no era versado en música. Inopinadamente, destrabó sus reticencias mostrándome un libreto titulado Nezahualcóyotl, Ópera-blues en 4 actos. Me lo entregó como si yo fuera un ginecobstetra que habría de ayudar a parirlo con ventura…

En ese punto de la plática la confianza fluía a torrentes y no dude en decirle que, con independencia de sus méritos literarios, la idea arrostraría obstáculos; sobretodo, aquellos interpuestos por los sujetos que detentan los puestos de poder en las Bellas Artes, para quienes lo relacionado con la causa indígenísta seguía siendo un tema álgido que era conveniente mantener en prudente folclorismo. Con apego a los hechos, le recordé que ya se habían compuesto obras basadas en mandatarios indígenas de feliz memoria y que no habían logrado evadir el menosprecio. Aniceto Ortega montó su Guatimotzin en 1871 alcanzando sólo un par de representaciones. Caso análogo al del poema sinfónico Cuahtémoc concebido en 1929 por José Rolón que aguarda que se le rescate. Peor aún lo sucedido con la ópera Nezahualcóyotl de Roberto Téllez Oropeza escrita en 1949 que ni siquiera se ha estrenado.

Como broma a medias mencioné que una opción infalible para su éxito sería injertar la figura de un amo de las drogas como narrador. ¿Por qué no recurría a un capo del narco que se identificara con las atrocidades sufridas por el Señor de Texcoco para dar vida desde el presente a un drama mancomunado? ¿No había presenciado Nezahuacóyotl como asesinaban a su padre y no había debido sofocar la insurrección de su propio hijo matándolo en aras de la estabilidad del imperio?... José Antonio respondió que más allá de coincidencias el país necesitaba aferrarse a personajes míticos que encarnaran al ideal de gobernante, es decir, al guerrero sabio que hace acopio del arte para dignificar la existencia de su pueblo, o al regidor sensible que encara los misterios de su corazón valiéndose de la veracidad de la palabra. Ante la puntualidad de su argumentación aduje que si se apoyaba en el potencial de las palabras para despertar la conciencia, entonces debía evitar el español. ¿Por qué no ampliaba el espectro de la dominación lingüística traduciéndola al inglés? ¿No había pensado desde un inicio en hacer una ópera blues?

Mi nuevo amigo aceptó que la última propuesta podría tener futuro y se despidió dejándome la tarea de hacer una lectura rigurosa de su libreto. A su vez, él recapacitaría en mis observaciones para afinar la parte literaria del trabajo. Lejos estaba yo de caer en la cuenta que acababa de estrechar la mano de un mexicano excepcional. Su modestia le había impedido contarme de las luchas acérrimas que había librado, de su incorruptibilidad, de sus logros como maestro y de sus profundos desengaños. Junto a las disquisiciones musicales, la acelerada descomposición que corroía la faz de la patria había acaparado la charla. Sabría más adelante que la trayectoria de mi amigo era ejemplar. Había participado en la guerrilla y ante su infructuosidad había abrazado el rol de educador. Se había sumado a las campañas alfabetizadoras en comunidades marginadas y había empeñado su aliento para preservar la palabra indígena. A sus esfuerzos se debía la publicación de libros en tzotzil, chol y tseltzal emanados de los talleres literarios que impartía en su escuela, así como la traducción en lenguas mayas de los Acuerdos de San Andrés. Sin duda, José Antonio era un mentor exigente que se aplazaba a si mismo en pos de los demás.

Concluida la lectura del libreto me comuniqué con él para decirle con la garganta hecha nudo que estaba convencido de su eficacia; la fuerza de sus parlamentos era contundente y, en mi entender, era obra de un poeta consumado. Acordamos volver a reunirnos para que me mostrara las enmiendas que le había hecho y para buscar, entre ambos, a un músico de blues que estuviera a la altura. Ese día no llegaría jamás.

El 25 de septiembre de 2010 se me convoca a su sepelio. Con apenas 50 años de edad, José Antonio sufre una embolia pulmonar que arrasa con su tiempo entre los vivos. Frente a su ataúd resuenan palabras henchidas de agradecimiento. Concluye así, una vida terrena volcada hacia la solidaridad con el prójimo, abriéndose paso una estela fecunda que se conforma, entre otras virtudes, por un importante corpus literario que espera ver la luz. Uno a uno, sus alumnos (1) y sus seres queridos tejen una elegía fúnebre que pervivirá en la memoria de los que, como él, quisieran vivir en un país menos injusto. En el umbral de la funeraria su madre recibe las cenizas calientes mientras surgen desde el míctlan las voces del Rey poeta que ha sido invocado para clamar por la inacabable tragedia de su gente.

[1] Se recomienda la audición de los poemas de Juan Álvarez, alumno estrella del maestro Reyes Matamoros. Para escucharlos pulse la ventana de audio correspondiente.

Se trata de extractos poéticos del libro Así canta la muerte de Álvarez, quien recita en tzeltzal y español. Con esta obra el joven poeta chiapaneco acaba de recibir el premio continental en lenguas indígenas.


jueves, 7 de octubre de 2010

Nobel para Mario Vargas Llosa

El Nobel, reconocimiento a la literatura de AL: Vargas Llosa
"Espero que me lo hayan dado por mi obra literaria, más que por mis ideas políticas", dijo el escritor.
AFP, Reuters y La Jornada en línea Publicado: 07/10/2010 09:40
Nueva York. El escritor peruano Mario Vargas Llosa, distinguido este jueves con el premio Nobel de Literatura, dijo que aún no se lo creía y que esperaba sobrevivir a todo lo que rodea a la concesión del galardón literario de más resonancia.
"Espero sobrevivir al Nobel", dijo en una conferencia de prensa en el Instituto Cervantes de Nueva York, en su primer encuentro abierto con los medios desde que se conoció la concesión del premio.
"Estoy sorprendido, todavía no acabo de creérmelo", agregó, reiterando que "el premio de alguna manera también reconoce la importancia de la literatura latinoamericana".
Vargas Llosa, de 74 años, autor de La fiesta del chivo y La ciudad y los perros, expresó su confianza en que sus ideas políticas, que le han granjeado la antipatía de sectores de izquierda latinoamericanos, no hayan tenido ninguna influencia en la concesión del premio.
"Espero que me lo hayan dado por mi obra literaria, más que por mis ideas políticas", explicó el escritor, que se declara liberal y que fue candidato a la presidencia de Perú en 1990, en una campaña en la que acabó imponiéndose Alberto Fujimori.
Antes, en declaraciones desde Estados Unidos a la radioemisora peruana RPP, el autor expresó sorpresa por haber obtenido el Nobel y hasta pensó que le jugaban una broma cuando supo la noticia.
El afamado novelista relató que preparaba a las 5:30 de la mañana una de las clases que imparte en la Universidad de Princeton en Estados Unidos cuando lo llamaron desde Estocolmo para notificarle que, después de años de gran expectativa, ganó el Nobel y que en "14 minutos" lo sabría el mundo entero.
"Yo hace muchos años que pensaba que no estaba entre los candidatos. La verdad que ha sido una sorpresa mayúscula (...) pensaba que era una broma", dijo.
"Tengo ganas de irme a caminar porque estoy medio aturdido", afirmó entre risas. Y en Nueva York aseguró que no ha tenido tiempo de pensar en lo que significa este premio porque se la ha pasado respondiendo preguntas.
"Me voy a mirar al espejo y me voy a ruborizar", agregó cuando le leyeron desde Lima cómo el comité describió su obra.
El escritor peruano nacionalizado español destacó en declaraciones a la emisora de radio colombiana RCN que "es un reconocimiento a la literatura latinoamericana y a la literatura en lengua española y eso sí debe alegrarnos a todos".
"Gran parte de este premio se lo debo a España", dijo Vargas Llosa en otra entrevista a la televisión pública española por teléfono desde Nueva York.
"En España es donde yo me hice un escritor conocido, así que quisiera en esta circunstancia agradecerle mucho a España todo lo que le debo como escritor", declaró por teléfono a la cadena TVE1.
"España es donde mi obra fue publicada, fue reconocida, fue promovida", agregó.
"Hay algunos españoles que han sido personas decisivas en la divulgación que han tenido mis libros, como Carlos Barral, que fue mi primer editor, el hombre que promovió tanto mi primera novela", recordó el flamante Premio Nobel.
Además citó a la agente literaria Carmen Balcells.
"Estoy seguro que debe estar tan contenta como yo con este premio, ella también a lo largo de muchos años ha promovido, ha hecho lo imposible para que mi obra se conozca", declaró agradecido el novelista peruano.

jueves, 30 de septiembre de 2010

jueves, 23 de septiembre de 2010

La corte de los ilusos



Ante tanta fiesta bicentenaria nos hemos convertido en La corte de los ilusos

Por: Alejandro Aldana Sellschopp.

En estos días en los que el patrioterismo es el pan nuestro de cada día, es interesante regresar a ciertas obras que retoman de alguna manera algunos pasajes históricos importantes, hoy que se presenta en las pantallas de cine a un Hidalgo bonachón, y la sacrosanta televisa se empeña en vendernos una historia rica en caras bonitas y galanes marchitos por sus ínfimas posibilidades actorales, hoy que vivimos en una verdadera narcocracia, y el señor Felipe Calderón se rasga las vestiduras para convencernos que la guerra contra el narco es una guerra de todo el pueblo mexicano, precisamente en estos tiempos bicentenarios considero que es necesario regresar a ciertas novelas que recrean la historia de nuestro país.

Hace unas semanas me decidí a leer La corte de los ilusos de Rosa Beltrán, su lenguaje ágil y buena manufactura narrativa nos obliga a leerla de una sentada, como gustaba a E.A. Poe. SI se trata de una buena o mala novela eso lo dejo en manos del lector.

La corte de los ilusos se aparta de la consideraciones respecto a lo que debía ser una novela histórica en el siglo XIX, su forma de abordar la trama poco tiene del romanticismo de la época, nada o casi nada encontramos de la influencia de Walter Scott o las referencias de las crónicas coloniales; por el contrario, la novela se mueve por un discurso moderno, muy característico de la novela histórica de mediados del siglo XX.

Un elemento fundamental de la novela La corte de los ilusos es el entramado lingüístico, tiene algunos elementos de la novela realista del siglo XIX, sobre todo en el énfasis que se hace en los giros de lenguaje de la época, lo cual aporta mucha atmósfera narrativa al tejido narrativo, es decir, desde las palabras la autora nos facilita entrar a una época determinada, un espacio y un tiempo que está bastante lejano a nosotros. El lenguaje de la novela cuenta con refranes, pregones, palabras muy mexicanas, expresiones que se convierten en una verdadera forma de identidad del país y la época donde se desarrolla el argumento; así mismo sirve para otorgarle profundidad y carácter a la psicologías de los personajes.

Los personajes de La corte de los ilusos son en su mayoría históricos, sobre todo los personajes centrales, aquellos que hacen que la historia se transforme, con la ayuda de algunos personajes periféricos, de pura invención, que coadyuvan a que el argumento tenga un desarrollo lógico, verosímil.

La novela nos presenta a estos personajes sin ser tratados como héroes, si es que esa cualidad tiene lugar, por el contrario, dichos personajes son tratados desde una perspectiva humana, es decir los vemos enfrentándose a sus pasiones, las cuales de alguna manera son quienes los pierden. Hay un tono carnavalesco, donde reuniones, diálogos, y juergas transcurren en ambientes de mascarada, donde el narrador omnisciente en ocasiones se mofa de personajes e historia. Logrando con ello cierta desmitificación del Imperio encabezado por Agustín de Iturbide.

Según Menton (42) hay seis rasgos que caracterizan a la nueva novela histórica, para identificar una novela de tal subgénero, no es necesario que se reúnan todas las características, pero sí la mayoría. En la corte de los ilusos podemos encontrar las siguientes:

1.- La subordinación: En la novela de Rosa Beltrán leemos la crónica de una época, y basándose fundamentalmente en los diálogos se proyecta una forma de pensamiento, un marco teórico sobre la forma como los miembros del imperio veían el México de la época, y sobre todo nos muestra la forma de pensamiento de la burguesía de esos años.

2.- En la novela de Beltrán se recurre a la distorsión conciente de la historia (Menton 43), mediante omisiones y exageraciones; si bien, las exageraciones y omisiones son recursos para que la lógica de la novela se sostenga, en algunos capítulos observamos que la exageración llega al tono carnavalesco.

3.- Ficcionalización: Encontramos a los personajes realizando acciones, diálogos y encuentros en circunstancias especiales, extraordinarias, donde todo encuentra su perfecto lugar, logrando que todas estás formas sean verosímiles.

4.- Metaficción: En La corte de los ilusos encontramos muy poca metaficción, casi nula, circunscribiéndose a la novela histórica de mediados del siglo XX.

5.- Así mismo no encontramos a la intertextualidad como recurso narrativo.

El carácter carnavalesco a que se refiere Bajtín están retomados en la novela, las exageraciones humorísticas se presentan en varios pasajes, los personajes son presentados con un dejo de ironía, muy al estilo de Sócrates, la ironía como un discurso para entender mejor la realidad, en este caso, para conocer mejor la historia, aún cuando la finalidad de la novela no es pedagógica.

Un elemento básico de lo carnavalesco es la parodia, y en La corte de los ilusos encontramos la parodia con un gran sentido del humor, y lo paródico se compone desde el lenguaje, la manera de presentar los personajes y de crear cuadros dramáticos donde la situación nos lleva a la parodia.

Ante tanta fiesta bicentenaria, los mexicanos deberíamos buscar en la literatura un acercamiento menos idealizado de nuestra historia, para dejar de ser un poco por lo menos, la corte de los ilusos.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Avatares de la novela histórica


Avatares de la novela histórica

Por: Alejandro Aldana Sellschopp.

En fechas recientes la novela histórica se ha convertido en un suceso de ventas, los lectores acuden a los quioscos de libros para adquirir novelas como: La guerra de las rosas de Sharon Kay Penman, Tartesos un reino soñado de Jaime Alvar, La justicia del Visir de Christian Jacq, entre muchas otras, cada libro presenta en su portada un cintillo que proclama con honor Bestseller. Hoy podemos observar a personas que jamás leyeron un libro por placer, acercarse a una literatura sencilla, medianamente bien escrita, ampliamente documentada, que ubica sus argumentos en lugares extraños y en un remotísimo tiempo. La formula ha funcionado, por lo menos en términos comerciales.

Considero que es preciso realizar una reflexión sobre la novela histórica, y su desempeño en América Latina. Mucho se ha escrito al respecto, los eruditos discuten sobre la fecha clave en la aparición de la novela histórica. Entiendo que es en 1979 cuando este subgénero cobra verdadera importancia, aún cuando con anterioridad se publicaron algunos libros que tenían características de la nueva novela histórica, me refiero a: Yo el supremo (1974), excelente novela sobre la figura del dictador, con características muy similares al parangón estético de la novela del boom, escrita por un escritor de primer nivel, desgraciadamente hoy casi olvidado, Augusto Roa Bastos, una de las mejores plumas de la literatura de América Latina, y la otra novela es realmente un portento, del mexicano Carlos Fuentes, Terra Nostra (1975), un trabajo totalizante, dotada de una intricada estructura lingüística y argumental.

Generalmente se refiere a la novela histórica como aquella en la que los sucesos específicos, son extraídos de la historia, son quienes determinan el desarrollo del argumento, y el ambiente socio-político se convierte en el fondo en el que se desenvuelven los personajes.

Así, una época determinada con sus giros de lenguaje, la moda, lecturas, arquitectura, situación política y social forman parte intrínseca del argumento, es decir, que lo que se cuenta no podría suceder en otra época, y que las motivaciones y carácter de los personajes también están dibujados por la etapa histórica; partiendo de que los tipos humanos que se crean son lo suficientemente humanos que se convierten en intemporales, que sus acciones podrían suceder en cualquier tiempo, es decir que se vuelven a una cierta forma de universalismo temporal.

Una característica de la nueva novela histórica frente a los bestsellers históricos es precisamente que no existe la incorporación artificial de personajes en un espacio-tiempo extraño para ellos mismos.

La novela de América Latina siempre se ha preocupado por los problemas socio-históricos, a diferencia de la norteamericana y la europea, El periquillo Sarniento, por ejemplo es una de nuestras primeras novelas, y la reflexión histórica es parte fundamental de su entramado argumental.

En 1985 José Emilio Pacheco escribió: “la novela ha sido desde sus orígenes la privatización de la historia, historia de la vida privada, historia de la gente que no tiene historia, en este sentido todas las novelas son novelas históricas”.

Se ha señalado que la novela histórica son aquellas cuya acción se ubica total o parcialmente en el pasado, un pasado que el autor no vivió de manera directa. Para Avrom la novela histórica es aquella que su acción se ubica en un separado del autor por dos generaciones, para David Cowart, se trata de una “ficción en que el pasado figura con cierta importancia”, además plantea un elemento extraordinario, ya que incluye aquellas novelas que su acción se desarrolla en el futuro, pero que ese futuro está determinado por un pasado y presente determinado, pensemos en 1984 de Orwell o Un mundo feliz de Huxley.

Anderson Imbert señala que la novela histórica es aquella que cuenta una acción ocurrida en una ápoca anterior a la del novelista, ésta definición ha influido a una gran cantidad de estudiosos del tema, quienes toman como punto de partida los elementos que Imbert aporta.

SI partimos de estas consideraciones, señalaríamos como novelas no históricas: La muerte de Artemio Cruz (1962), de Carlos Fuentes, Conversación en la catedral (1969) de Mario Vargas Llosa, Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez, ya que las últimas generaciones de su trabajo son contemporáneos del autor.

domingo, 22 de agosto de 2010

Pedro Páramo Revisitado


Pedro Páramo

Por: Alejandro Aldana Sellschopp.

Pedro Páramo es la novela mexicana por excelencia, su modernidad y universalidad aportan una nueva forma de ver el mundo, sobre todo que “Penetra hondamente en una cultura”, (Brushwood,Jhon,1984:192), poniendo énfasis en los mitos que conforman dicho entramado cultural; más allá de hacer un estudio detallado de la idiosincrasia de los personajes, sus fobias o filias, Juan Rulfo sitúa la perspectiva de su novela desde el discurso mítico, el cual es presentado y desarrollado mediante excelentes herramientas narrativas, destacando el lenguaje, ya que nos encontramos con un autor que escribe una prosa narrativa con el aliento y visión de un poeta, es por ello que su poder de síntesis y su economía de lenguaje se convierte en una verdadera proeza del uso del español.

En pocas páginas se crea y recrea un mundo literario completo, gracias a la pericia lingüística de Rulfo vemos a los personajes desenvolverse en una cultura, mediante acciones, motivaciones personales, diálogos, pensamientos y evocaciones, los lectores nos vemos de pronto dentro de un mundo que late al ritmo de su propio corazón, la artificiosidad no tiene lugar en el tejido narrativo, por el contrario, la aparición y desaparición de cada personaje, cada ruido, cada murmullo, tienen el atributo de la naturalidad.

El segundo elemento estilístico en importancia es la estructura, una novela que en pleno 1955 rompía con los convencionalismos de la novela decimonónica; pero con una sutileza que en más de una ocasión engaña, confunde y hasta pierde, de tal suerte que el lector se convierte en una especie de Dante que es guiado por un Virgilio (Juan Preciado), que ignora casi lo mismo que el lector, así lector y personaje se adentran al limbo Comala, para descubrir que de alguna manera siempre han estado ahí, más que llegar, Juan Preciado regresa como un Ulises derrotado por sus muertos.

La estructura tan singular de Pedro Páramo, influenciada seguramente por: Joyce, Faulkner, y Hamsun, se sostiene por: “la negación del tiempo cronológico y la intercalación de causa y efecto de tal modo de que ni la una ni el otro dominan”, (Brushwood,Jhon,1984:192), dicha propuesta técnica está señalada desde la primera línea de la novela: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, (Rulfo Juan, 1993:7), observemos como Juan Preciado dice “vine” y no “fui”, es decir nos habla desde esa geografía mítica que es Comala, y desde otro tiempo; sin embargo, por la forma en que está redactada la novela, creemos que el tiempo narrativo de Juan Preciado es el presente perfecto, cuando en realidad se trata de un pasado, es pues el pasado de un muerto, uno más en ese páramo de muerte.

La novela es una caja de resonancia de voces, murmullos, estamos frente a una novela coral, un coro triste, ausente, desdibujado en la baja niebla de ese pueblo fantasma. El tiempo es muchos tiempos, a la vez que las voces son también muchas, se entretejen, la linealidad no existe ni en el argumento, ni en los tiempos y espacios, que son segmentados, fragmentados, logrando la atmósfera espectral que predomina en toda la novela.

Pedro Páramo es una novela que tiene un importante raigambre en la cultura mexicana, específicamente con los altos de Jalisco, sus personajes están cerca de una tradición folklórica, de situaciones que logran captar la magia de esos pueblos, es sin duda un texto maravilloso, en el sentido que le da Carpentier: “(es) algo extraordinario que causa admiración”, (Menton, Seymur.1998:169), un mundo poblado por muertos vivientes, muertos que mueren en la muerte, muertos que ni siquiera son seres completos, solamente queda de ellos: pedazos, polvo, voces, recuerdos, que se desmoronan como si fueran un montón de piedras.

Estamos frente a un mundo de difuntos, más que de muertos, en su consideración más mexicana, el mexicano no tiene muertos sino difuntos. En la novela de Rulfo la magia es cotidiana, es parte de la vida corriente de los pueblos, no hay invención, más bien estamos frente a la recreación poética, Rulfo es un autor que escribe con el oído, su tejido narrativo es dialógico en muchos sentidos, pero también sus giros de lenguaje nos sitúan en un lugar determinado, en una cultura identificada, es pues a través del lenguaje como nos envolvemos en la trama, que como ya dije no es lineal, por el contrario, su fragmentación exige al lector acomodar las piezas para darle coherencia lógica a lo que se cuenta.

“Como si hubiera retrocedido el tiempo. Volví a ver la estrella junto a la luna. Las nubes deshaciéndose. Las parvadas de los tordos. Y en seguida la tarde todavía llena de luz”. (Rulfo,Juan,1993:71), dice Juan Preciado en uno de los capítulos, como haciéndonos un guiño, recordándonos que estamos en una lógica de tiempo diferente al racional.

En la construcción del lenguaje en sí mismo, podemos señalar que Rulfo tiende a la síntesis, la condensación, buscando siempre el silencio, he ahí que sus frases son cortas, arcaicas, sin mayores adornos, pero eso sí, son precisas y profundas como un buen epitafio.


sábado, 19 de junio de 2010

Muere José Saramago

Alfaguara publicará libro póstumo del Nobel de Literatura portugués

Muere José Saramago, escritor y comunista libertario

Todavía comentó los hechos más recientes de este mundo en crisis, informó Pilar del Río, su viuda y traductora

Los restos del autor de Caín fueron velados en la isla de Lanzarote

Armando G. Tejeda
Corresponsal
Periódico La Jornada
Sábado 19 de junio de 2010, p. 2

Madrid, 18 de junio. El niño de infancia pobre y pies descalzos, hijo de campesinos sin tierra; el comunista libertario que abrazó con igual intensidad sus ideales y las palabras, José Saramago falleció este viernes en su casa de la isla canaria de Lanzarote.

Desde hace años padecía leucemia y las consecuencias de la edad, 87 años. Por la mañana se despertó, desayunó y charló con su mujer, Pilar del Río, sobre las novedades de este mundo en crisis, le empezó a doler un poco el pecho y, a las pocas horas y sin dolor, cerró los ojos.

Murió uno de los grandes escritores del siglo XX, un autor que escribió hasta su último hálito de vida, un novelista, poeta y ensayista que, además, ha sido el único literato portugués en recibir, en 1998, el Nobel de Literatura. Un comunista libertario que compartió con los indígenas mexicanos su hambre de justicia e igualdad.

A partir de 2007, cuando una neumonía lo puso al borde de la muerte, Saramago administraba su energía con celo: escribir y, si acaso, alguna salida extraordinaria para apoyar alguna causa justa –como ocurrió con la activista saharahui Aminatu Haidar, cuando ésta realizó una huelga de hambre– o para presentar sus libros más recientes.

Su convicción de escribir para desasosegar lo mantuvo siempre activo, ya sea adentrándose en esos universos literarios que creaba a partir de supuestos imposibles, con su blogpersonal o, incluso, en la redacción y firma de algún comunicado sobre uno de los graves y diversos atropellos que le tocó presenciar.

Narrador autodidacta

Este viernes, 10 minutos antes de las dos de la tarde, murió en su casa de Tías, en Lanzarote, refugio que le abrió sus puertas en 1993, cuando huyó de su patria, Portugal, por el que sería el primer veto público a su obra, en este caso por El evangelio según Jesucristo.

Según relató Pilar del Río, su compañera y traductora, Saramago se despertó de buen humor, había pasado una noche plácida e, incluso, se interesó como hacía cada mañana por los principales acontecimientos del planeta, para lo que Pilar siempre le hacía un resumen que, incluso hoy, le apostilló con su habitual ironía.

Después de desayunar sintió una especie de pinchazo en el pecho, de ahí un malestar general que lo obligó a recostarse en su habitación. Después, según los médicos, se generó un fallo multiorgánico que le provocó la muerte. Una muerte rápida y, al parecer, sin dolor.

Saramago vivió sus últimos años con el mismo ritmo de lectura y de escritura que cuando inició su andadura literaria, allá a finales de los años 60 –incluso más, llegó a contar Pilar del Río.

Fue un escritor tardío y autodidacta que nació en un recóndito pueblo de la provincia portuguesa, Azinhaga, en 1922, donde sus padres eran campesinos y analfabetos, incluido su abuelo, de quien heredaría su atracción por la cultura, el arte y la magia de las palabras. Pero también sus hondísimas convicciones políticas, rebeldes, la de esa clase obrera marcada por guerras y por hambrunas que asolaron a Europa en el siglo pasado, la de esos comunistas perseguidos por las dictaduras y el fascismo que mantuvieron viva la llama de su pensamiento. He sido, soy y seré un comunista. Un comunista libertario, repetía sin un ápice de resignación.

Sólo yo sabía, sin conciencia de saberlo, que en los ilegibles folios del destino y en los ciegos meandros del acaso había sido escrito que tendría que volver a Azinhaga para acabar de nacer. En esta frase, extraída del primer y único libro de memorias del Nobel, Las pequeñas memorias(Alfaguara), se resume el cariz con que Saramago afrontó la reconstrucción de su niñez, una época que, dijo, es la única que importa en la historia de los hombres, pues en ella forja el carácter, las filias y fobias de lo que somos después.

Y Saramago, después de esa niñez de hambre, frío y carencia, siempre bajo la severidad de un padre estricto y hasta cruel, empezó a recorrer su historia vital.

Foto
José Saramago en imagen de 1997Foto Ap

De joven fue, por supuesto, campesino, pero también fue mecánico automotriz, contador, vendedor de seguros, aprendiz de reportero y, finalmente periodista, como antesala a su oficio y refugio definitivo: escritor.

A pesar de que siempre había estado en la sombra, sobre todo como autor de poesía, Saramago era prácticamente desconocido hasta que, en 1982, publicó Memorial del convento.

A partir de ahí vendría una actividad literaria frenética, grandes títulos con escaso tiempo de diferencia, que a la postre se convertirían en el principal argumento para que fuera reconocido con el Premio Nobel de Literatura 1998.

Se trata de obras ya clásicas, comoLa muerte de Ricardo Reis, La balsa de piedra, El evangelio según Jesucristo y Ensayo sobre la ceguera.

Tan crueles como Dios

José Saramago no sólo fue un arriesgado militante del Partido Comunista portugués durante la dictadura de Salazar, sino también fue un escritor que suscitó, desde sus primeros libros, reacciones encontradas, en ocasiones ríspidas por su forma de narrar los acontecimientos.

En uno de sus últimos encuentros con la prensa en Madrid, en noviembre del año pasado, Saramago habló de lo que ya entonces parecía inminente y cercano, su propia muerte y sobre la idea cristiana de la pena eterna.

“La muerte no me importa. Pero sí me afecta desde un punto de vista muy egoísta, porque es finalmente el estar y ya no estar. Eso es la muerte: el haber estado y ya no estar. Que estaremos en la vida futura, puede que sí. Pero lo que no puedo aceptar es que alguien me diga que mis pecados los pagaré en el infierno y que ahí me quedaré por toda la eternidad. Crueles somos nosotros los hombres que concebimos la pena perpetua (…) Tan crueles como Dios somos los seres humanos. La idea de que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza se invierte; nosotros hemos creado a Dios a nuestra imagen y semejanza.”

En ese encuentro también reveló una cuestión vieja y constante: “Hay una pregunta que persigue a los escritores, ¿por qué escribir? Como decía el filósofo griego el movimiento se demuestra andando, y la razón de escribir en el fondo no es más que eso: escribir. Pero hay otra pregunta más compleja, ¿para qué se escribe? Y eso depende del punto de vista. A lo mejor yo hace unos cuantos años no sabía decir para qué escribía, pero ahora lo tengo bastante claro. Yo no escribo para agradar ni para desagradar. Yo escribo para desasosegar. Algo que me gustaría haber inventado, pero que ya lo inventó Fernando Pessoa, El libro del desasosiego. Pues a mí me gustaría que todos mis libros fuesen considerados libros para el desasosiego.”

Los restos mortales de Saramago fueron velados en uno de sus últimos grandes proyectos, la Fundación José Saramago, con sede en la isla de Lanzarote y desde la que Pilar del Río pretende seguir difundiendo su palabra y pensamiento, su desasosiego. Un desasosiego que él mismo alimentó con sus hallazgos intelectuales, con sus máximas, como aquella que expresó con la voz entrecortada y una debilidad física que hizo sospechar a muchas personas que aquellas palabras pronunciadas en un homenaje en Madrid en noviembre de 2007 eran una especie de despedida, de epitafio en vida: Si la belleza hubiese vencido a la barbarie, el mundo, quizá, hubiera tenido futuro.

El gobierno de Portugal decretó este sábado y el domingo días de luto nacional en memoria del escrito.

De acuerdo con el diario español El País, José Saramago dejó unas 30 páginas de una nueva novela tituladaAlabardas, alabardas, espingardas, espingardas, en la que hace una reflexión acerca del tráfico de armas; y añade que el próximo libro que publicará Alfaguara se titula José Saramago en sus palabras; y en julio se estrenará el documental José y Pilar (unión ibérica) producida por Pedro Almodóvar y Fernando Meirelles, y dirigida por Miguel Mendes.