jueves, 24 de abril de 2008

¿Diccionario o antojología de Christopher Domínguez?



Por: Alejandro Aldana Sellschopp.

El recientemente publicado Diccionario Crítico de la Literatura Mexicana 1955-2005 (FCE, 2007, México,588 p.) de Christopher Domínguez, ha causado un escándalo como hace mucho no veíamos en el medio intelectual de nuestro país. Muchas voces se han sumado para criticar el nuevo libro de Christopher Domínguez, desde: Juan Domingo Argüelles, Marco Antonio Campos, Nicolás Cabral, José Luis Ontiveros, Víctor Manuel Mendiola, Guillermo Samperio, Heriberto Yépez, Silvia Tomasa Rivera, y lo que se acumule en la semana.
En realidad el problema no es menor, la aparición del supuesto diccionario pone de manifiesto la crisis que viven algunas instituciones dedicadas a la cultura en México, como todos sabemos el CONACULTA no termina de explicar cómo ha dilapidado su presupuesto, declarar desierto el premio Aguascalientes sustentando que se debe a la falta de talentos en materia de poesía, no sólo muestra arrogancia sino falta de compromiso con la producción literaria mexicana.
Ahora bien, como todos sabemos el Fondo de Cultura Económica es la editorial más importante en México, es la editorial del Estado, por ello llama la atención que el FCE se atreviera a publicar un “diccionario” que en riguroso sentido no lo es, además lo comercializa en el formato de sus grandes diccionarios, ¿cómo podemos llamar está acción?, ¿estrategia mercadológica? O simple y llanamente: mentira, engaño, falta total de respeto a sus posibles lectores.
Christopher Domínguez ha publicado en el más reciente número de Letras Libres su refutación, el artículo Libertad y responsabilidad comienza con un pequeño texto que pretende situarnos en el meollo del caso, reduciendo el conflicto a meras rencillas, pleitos y chismorreo entre escritores envidiosos y celosos por no aparecer en su distinguida selección, “…aprovechada por un variopinto grupo de escritores para saldar sus cuentas, siempre negativas, con la crítica independiente”, reza dicho encabezado, dejándonos desde el principio serias dudas, quizá la más inmediata: ¿Christopher Domínguez, crítica independiente?
En uno de los párrafos el señor Domínguez apunta: “No me han perdonado ni las erratas ni los epígrafes y se han atrevido a escamotearme lo que uno pensaría que es la primera libertad de un escritor, la de titular a su libro como le dé la gana, que en mi caso fue alfabética”. Es casi imposible creer que Christopher, aquel crítico mordaz, ácido, rotundo, ahora cuando está bajo la lupa precisamente de la crítica, pida esta especie de clemencia soterrada. Ahora mismo recuerdo un texto sobre Leonardo Da Jandra, en el que no sólo es injusto, sino mezquino al referirse a la obra de Da Jandra. Considero que el problema sobre el “diccionario” surge al tener esta visión. Un escritor puede titular como quiera su libro; sin embargo presentar una selección personal de escritores que le han marcado en su vida, ordenados alfabéticamente, no es posible que la denominemos Diccionario, ya que estaríamos faltando en principio a la verdad, pues el libro carece de raíz de la rigurosidad metodológica y teórica para constituirlo como un volumen de consulta, que pretenda ser representativo de una determinada literatura en un periodo señalado.
Si el libro se hubiera publicado como una antología, el alboroto sería menor, por supuesto saldrían las voces discordantes por no haber incluido a X o Y, sabemos de antemano que toda antología es una antojología, por rigurosa que sea, y la discusión sería otra, completamente distinta. Christopher sabe que todo título compromete, no hay nada peor que toparse con un texto cuyo título nos enamoró por las expectativas creadas y terminar cayendo en cuenta que el desarrollo no se corresponde a lo esperado; pero es un timo presentar algo que de antemano sabemos que no lo es. Recopilar los textos que Domínguez había publicado durante algunos años, ordenarlos alfabéticamente y llamar a esto diccionario, es darnos gato por liebre.
Si en una antología el amiguismo es criticable, en un diccionario es inadmisible. Como menciona Víctor Manuel Mendiola: “Si Domínguez dijera “Mi diccionario” o mejor aún —mucho menos fatuo— “Mi selección”, de acuerdo a la fórmula que es la manera honorable, o “Diccionario de autor” como señala a hurtadillas en el prólogo, y si el FCE hubiera publicado esta obra con un título más subjetivo, en concordancia con la índole del texto, y bajo el formato de une de tantos volúmenes de crítica, podríamos aceptarla o ponerle reparos, pero no tendría implicaciones editoriales graves”.
Heriberto Yépez es lapidario, quizá exagerado: “Domínguez, para tener lugar en la República, se hizo crítico-reseñista. Y para volverse crítico-protagonista hizo de su pluma culta pluma al servicio. En el futuro, Domínguez será usado como ejemplo de corrupción intelectual. Su gran talento no merecería ese sino.
Puede que LL encabece durante más tiempo la hegemonía literaria nacional. Pero no la lucidez o equidad. Ni mucho menos la rara belleza de la ética. LL falló. No lo aceptarán jamás. En honor a la tradición que dicen continuar deben hacer una severa revisión. Algunos lo saben en su interior. A veces la corrupción mexicana se disfraza de revista internacional. De no hacerlo forjarán destino como miembros distinguidos del cacicazgo yuppie, sobrino bonito del PRI mental”. Exagerado o no, me parece sano que los jóvenes escritores puedan exponer sus puntos de vista con tal valentía, sin temores, con argumentos, y sin complacencias.
En fin, creo que el problema es ético, Domínguez se creyó más listo de lo que es, el FCE y el autor nos vendieron una mentira. Por supuesto considero que la carta que mandó Guillermo Samperio a Consuelo Sáizar (Directora del FCE) es desproporcionada: “quiero decir que un libro inconstante de estas características nunca aparecería en las altas instituciones editoriales de Inglaterra o Alemania, y si así sucediera es muy posible que el autor fuera ingresado a la cárcel, expulsado del país o, simplemente, tomado por loco, internado a algún nosocomio para enfermos de la mente”. A los mexicanos nadie nos gana en el arte de crear Santos y luego lincharlos.
Entre las muchas críticas que se han realizado al libro está la ausencia de muchos escritores que son parte fundamental de la historia de las letras mexicanas, señalaré sólo algunas: José María Pérez Gay, Guillermo Samperio, Elena Poniatowska (si bien la calidad de su literatura es inconstante, ha escrito por lo menos dos novelas insoslayables), Marco Antonio Campos (increíble omisión, no se puede explicar más que por dolo), Julieta Campos, Ignacio Padilla (en verdad uno no da crédito, insisto no toda su literatura es maravillosa, pero quién puede ignorar Amphitryon), Evodio Escalante, Eraclio Zepeda (uno de los mejores narradores mexicanos), ¡¡Federico Campbell!!, y mientras vayamos leyendo el libro encontraremos muchas más ausencias.
En la ya célebre carta de Samperio señala otra crítica constante: “No es posible que le dedique diez páginas al ingeniero Krauze y dos páginas al inmortal poeta Luis Cernuda; es una ingratitud y ofensa tal exilio”.
Christopher Domínguez se refiere a José Joaquín Blanco, un crítico a quien respeto mucho por su trabajo, en los siguientes términos: “El espíritu de secta fue convirtiéndolo en un personaje marginal, sordo ante casi cualquier sonido que no provenga de las conversaciones o habladurías de su capilla”. Sin dudas Domínguez le habla al espejo.
Si bien el “diccionario” tampoco es crítico, entendiendo la palabra crítica como una metodología rigurosa que mediante instrumentos de análisis bien especificados haga un estudio de los textos referidos, no, el autor no nos dice qué metodología o qué instrumentos esta usando, en realidad son reseñas, algunas muy buenas, inteligentes, apasionadas; pero reseñas al fin. Es algo a lo que nos tiene acostumbrados a sus lectores frecuentes, son textos más contextuales, que hay que decirlo se agradece ya que eso alimenta la visión, pone un poco de sal y pimienta al comentario; sin embargo, en muy pocos se anima al análisis del texto al que hace referencia, no hay categorías de análisis claras, a algunos autores les dedica mayor a tención, a otros simplemente los menciona de pasada, sin mayores datos o referencias, ¿cuál es el criterio? Sus gustos, filias y fobias.
Faltan muchos dramaturgos y en cuanto a poesía en verdad carece de herramientas para analizar los poemas, incluso en poetas que dice admirar o respetar, en el momento de comentar el texto se pierde, no hay elementos técnicos o teóricos que nos permitan apreciar mejor al poeta.
Sin duda considero que opiniones muy variadas escucharemos en días futuros, Christopher Domínguez Michael es uno de los críticos mexicanos más importantes. La arrogancia, el imperativo abarcador de su carácter lo cercó, quiso crear una obra canónica con reseñas y ensayos, algunos excepcionales; pero insuficientes para firmar un Diccionario.






1 comentario:

Jorge Luis Borges dijo...

Es cierto: la arrogancia nunca es buena, mata el alma, y la envenena.