martes, 22 de abril de 2008

Otro fraude musical

por: Alonso Arreola.

No se preocupe el lector. No hablaremos aquí de asuntos políticos relacionados con la nueva visión del gobierno a propósito de combinar el turismo con la cultura para lograr dividendos. Tampoco hablaremos de instituciones que otorgan becas o apoyos para el desarrollo de proyectos repetidos o mal filtrados. Mucho menos intentaremos divagar sobre los vericuetos de la payola o los compadrazgos entre radiodifusoras y la enclenque industria musical. No. De lo que hablaremos es de algo que podrá conmoverlo o de plano le hará cambiar de página con la decepción de un título amarillista que no cumple su cometido. Lo sentimos si ese fuera el caso.
Hoy hablaremos de esa expansiva moda de nuevos instrumentos musicales fabricados en serie que, tal como los pantalones de mezclilla rotos y descoloridos, llegan a las manos de adolescentes pseudo maldosos ya con golpes, ya con raspones, ya con rayaduras y “óxido”, mera apariencia de una larga vida en los escenarios. Incluso hay modelos que imitan a la perfección el dañado cuerpo de guitarras o bajos legendarios como los de Eric Clapton y Jaco Pastorius, armas sentimentales que en manos de estos titanes pasaron mil y una aventuras para lograr su estado bellamente envejecido. Valga un ejemplo.
Foto: cortesía de
www.taringa.net
A principio de los años ochenta, Jaco Pastorius, el más grande bajista de todos los tiempos, solía tocar en el parque Battery de Nueva York, a la orilla sur de Manhatan. Para ese entonces su bipolaridad había alcanzado grados tristemente disfuncionales y sus amigos le daban la vuelta para no pasar malas experiencias a su lado. De ser uno de los músicos más respetados alrededor del mundo, pasó a convertirse casi en un pordiosero, que entre delirio y delirio tocaba por limosnas.
Pues bien, cuenta la leyenda que un día, estando en tal parque, llamó a su colega y posterior biógrafo, el periodista Bill Milkowski, para pedirle un favor. Cuando éste llegó, a regañadientes, Jaco arrastraba su bajo en pésimas condiciones, en un estado febril que minutos más tarde lo llevaría a nadar hasta la Estatua de la Libertad, de ida y vuelta, frente a los ojos atónitos de su amigo, a quien fue encargado el instrumento momentáneamente. Esta y otras anécdotas cuentan la cantidad de veces que Pastorius depositaba su instrumento en la confianza ajena, hasta que un día, finalmente, desapareció para nunca volver a sus dedos.
La tristeza del bajista fue mucha. Puso letreros anunciando su pérdida y ofreciendo recompensas, como lo haría el dueño de una mascota amada, pero nadie respondió. Claro, se trataba del instrumento de un hombre histórico. Y así duró, más allá de la muerte del bajista, perdido durante décadas, hasta que hace muy poco alguien lo recuperó de quién sabe dónde y presumió en internet. Los estudios dicen que es el verdadero.
Pieza venerada, se trata de un bajo golpeado por los años a manos de un ser genial que incubó ángeles por la presión de sus demonios. Pero bueno, hace algunos meses rendimos homenaje a los veinte años de su muerte, cumplidos durante 2007, y no volveremos sobre el tema. Sin embargo, sí mencionaremos a otros músicos cuya pérdida de instrumentos se hizo mítica, casi siempre resultado de las mañas de un ladrón o melómano de sangre fría.
Ahí están el primer bajo Hofner de Paul McCartney, la primera lira de Clapton, una Telecaster de Mike Stern, una Les Paul de Jimmy Page, otras de Eric Johnson, TBone Walker, Mark Knopfler y Buddy Guy, dos 59’s de Jeff Beck y Ed King, una más de Brian Setzer y hasta la de Buddy Holly en los años cincuenta. Incluso hay grupos a los que les han robado todo su equipo de una sola vez, como a Sonic Youth en los noventa. En fin. El caso es que todos esos instrumentos tenían historia real bajo las marcas de la madera y los metales. Por ello resulta ridículo que fabricantes tan serios como Fender (Leo ha de estar revolcándose en su tumba) caigan en la inmoralidad de ofrecer guitarras previamente “desgastadas” para la invención de historias vacuas.
Y la historia no para ahí. Si el tema levanta su curiosidad, podrá usted ingresar a sitios como Youtube.com para ver con sus propios ojos lo que dueños y dependientes de tiendas alrededor del mundo hacen para engañar a su clientela. Ahí atestiguamos las artes del envejecimiento inmediato vía limas, lijas, martillos, desarmadores y líquidos corrosivos, sumergiendo en la confusión el verdadero y preciado mercado de los instrumentos antiguos también conocidos como vintage.
Producto natural de nuestro tiempo, esta farsa se suma a los disfraces que la música pop rock ofrece desde hace algunos años. De pies a cabeza y sin esfuerzos, hoy cualquiera puede parecer un músico pasado por la erosión de la experiencia. Lo bueno es que, detrás de la fachada y sobre el escenario, hay que seguir probando con gracia lo que vive en las moradas del alma. Ahí no hay herida que pueda fabricarse sin sustancia, ni engaño que dure doce compases de un blues.
fuente: La Jornada.

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