martes, 17 de septiembre de 2013
lunes, 16 de septiembre de 2013
La magia del circo
La
magia del circo IV
Por:
Alejandro Aldana Sellschopp.
Para:
Luz y Emiliano.
El
Circo de Edmundo Piler era el único que llegaba al pueblo. Nuestros
abuelos contaban que en los años cincuenta, del siglo pasado, había
llegado un circo cuyo redondel, la parte del costado, estaba
constituido de petates, el nombre del aquel singular circo lo habían
olvidado.
Al
llegar al campo aéreo quisimos sumarnos a los muchachos de la
secundaria que ayudaban a levantar el circo. Edmundo Piler se veía
en la necesidad de “contratar” a hombres de las localidades que
visitaban para los trabajos de izar el redondel y levantar la
galería, entre otros trabajos pesados. Al tratarse de un circo
pobre, la única bonificación era un pase de entrada para alguna de
las funciones y claro, tener el honor de ser parte del espectáculo,
aunque fuese por una horas.
Nosotros,
niños de tercer año de primaria, simplemente observábamos, ya que
nunca nos dejaban “trabajar”, debíamos conformarnos con
juguetear con las sogas, ver a Edmundo Piler dirigir las labores,
estar cerca de los artistas: payasos, domadores, alambristas,
trapecistas y magos. Ahí los veíamos sin camisa levantando fierros
y lazos, acarreando tablas, trayendo aserrín y virutas de las
carpinterías del pueblo.
El
circo de Edmundo Piler no contaba con zoológico, así llama la gente
de circo al lugar donde están los animales, simplemente amarraban a
una estaca al cerdo que hablaba, el guajolote que bailaba el jarabe
tapatio sobre un comal caliente, tres famélicos perritos
amaestrados, dos cabras y un chivo negro.
Cuando
teníamos un poco de suerte, los niños, hijos de los hombres y
mujeres del circo, accedían a jugar con nosotros, era fantástico
verlos hacer marometas, contorciones y saltos mortales con gran
facilidad.
Instalar
al circo en el campo aéreo tenía sus desventajas, como aquella
tarde en que una avioneta, que no pudo aterrizar en uno de los
ranchos dedicados al cultivo de café, regresó al pueblo para
aterrizar en medio de la función circense. A penas tuvimos tiempo de
salir corriendo, los hombres del espectáculo alcanzaron a desatar
lazos y correas, salvando la mitad del redondel, la avioneta aterrizó
llevándose una parte de la lona sobre el parabrisas. Esa tarde el
payaso Rabanito no atendió a nadie, ya que fue él quien salió
volando sobre el graderío y requirió que lo trasladarán al
hospital del pueblo.
A
partir de ese día las funciones se cambiaron de lugar, ahora se
utilizaba un terreno a un costado de la pista de aterrizaje. Nunca
más un avión interrumpiría la función de circo.
miércoles, 4 de septiembre de 2013
La magia del Circo III
(El circo de Oskar Chon).
Por: Alejandro Aldana Sellschopp.
El día
en que arribaba el circo al pueblo era extraordinario. En la escuela
primaria las horas pasaban con una lentitud exasperante, las clases
se hacían aburridas y vacías. En el recreo preguntábamos a las
vendedoras de melcochas, que se ponían en una hojita de naranja, si
era cierto que el circo había llegado, ante su respuesta afirmativa
la ansiedad crecía aún más. Las tres horas que seguían al
descanso eran las peores, el sol se empeñaba en carcomer los muros
de adobe de las casas, el río corría con lentitud inaudita, no se
escuchaban ruidos desde las calles, parecía que el pueblo dormía o
estaba poblado por fantasmas cuyo infierno era el silencio. Es la
hora del diablo, nos dijo Panchito Quevedo, uno de mis mejores
amigos de aquellos tiempos, y quién siempre tenía una teoría para
todo, A las doce del día se detiene el mundo, y reina el diablo, es
la hora de los suicidios, remató Panchito, haciéndose el
interesante.
Al
sonar la chicharra nos reuníamos en el campito de la Iglesia:
Panchito Quevedo, El Quijote, que en realidad se llamaba Miguel, pero
que nuestro maestro comenzó a llamar Quijote por su triste figura,
alto, desgarbado y estar siempre en la luna, Joaquín El Gato, que
tenía gran parecido con el felino, sobre todo los ojos claros, como
de miel. Hacíamos planes de cómo ayudaríamos a los hombres del
circo a levantar el graderío, las lonas, las estacas, los tensores,
y demás.
El
circo se instalaba en lo que llamábamos grandilocuentemente el campo
aéreo, que en realidad es una pista revestida de grava donde las
avionetas aterrizaban en su diario trajín en la comercialización
del café, en sus mejores años el tráfico aéreo del pueblo fue tan
nutrido que se llegó afirmar que en los años sesenta fue el tercer
“aeropuerto” de mayor movimiento aéreo de esta república
moribunda, claro que jamás creímos en esas historias, inventadas
por los viejos para tener algo de qué sentirse orgullosos.
Caminamos
por toda la calle del Campo hasta llegar a la pista. En efecto ahí
estaban los hombres del circo en sus trabajos de levantar el
graderío. A principios de los años ochenta, del siglo pasado, a
nuestro pueblo solamente llegaba un circo: el de Edmundo Piler. El
señor Piler era oriundo de nuestro pueblo o de alguno cercano, en
realidad nunca supimos mucho sobre él y la gente que trabajaba en su
espectáculo. Es muy probable que quienes actuaban en la pista eran
su propia familia. Un circo familiar o de familia. El circo era muy
pequeño, pero en aquellos años nos parecía enorme, la galería era
de cuatro pisos, no tenía tubería, ni la carpa superior, por lo que
la parte de arriba quedaba al descubierto, las funciones de la tarde
eran hermosas, veíamos a los trapecistas hacer sus números con el
cielo tornasolado al fondo, y en las noches se veía el cielo
tachonado de miles de estrellas.
No
tener carpa era una invitación para que muchos espectadores sin
dinero y atrevidos subiesen a los árboles cercanos a para observar
desde ahí la función. En muchas ocasiones más de uno cayó de los
árboles, y la función se suspendía, ya que los mismos trabajadores
del circo los auxiliaba, pues las autoridades municipales
responsabilizaba a Edmundo Piler por cada uno de los accidentados.
Ahí veíamos correr al payaso Rabanito, que se decía era médico,
con su botiquín para atender a los caídos.
miércoles, 28 de agosto de 2013
La magia del circo II (El circo de Oskar Chon).
La
magia del circo II
(El
circo de Oskar Chon).
Por:
Alejandro Aldana Sellschopp.
Para: Luz y Emiliano
El
pueblo, con casas de adobe y calles empedradas, puentes techados y
molinos de maíz en cada barrio, con su iglesia y su santo montado a
caballo matando eternamente al mismo moro, se encuentra entre dos
altas montañas, allá abajo esta el caserío, la quietud, el
silencio. Gracias a esa situación geográfica en los años ochenta
del pasado siglo, no se podía ver televisión, faltaban costosas
antenas; sin embargo, los ricos del pueblo, para no sentirse fuera de
la modernidad, tenían sendos televisores que a lo más transmitían
ruido blanco, rayas que bajaban a una velocidad exorbitante, y de vez
en cuando alguna que otra sombra se dibujaba se prestaba para mil
elucubraciones por parte de ese remedo de televidentes.
La
gente asistía puntualmente a misa de siete de la mañana, de doce
del día y seis de la tarde, dios era la única diversión, sin
contar claro está las cantinas y el billar. De vez en cuando
aparecía una caravana de húngaros, así llamábamos a los gitanos,
aparcaban en algún terreno baldío, izaban una pequeña carpa de
lona, y salían a recorrer las calles ofreciendo sus servicios como
adivinos y nigromantes. Leían las cartas y la palma de las manos, y
de paso, decían nuestros padres, se robaban a los niños. Por las
tardes exhibían películas en los terrenos donde se habían
instalado, a pesar del miedo que nos provocaban, asistíamos sin
falta a la función de cine, bien bañados y perfumados.
Los
húngaros se iban como llegaban, sin hacer mucho ruido, generalmente
partían al anochecer o en las madrugadas, los adultos decían que
era para que no viéramos a todos los niños y niñas que se robaban.
La
llegada de los gitanos era un acontecimiento especial, nos dejaban
escucharlos cantar y bailar con sus perros amaestrados, adivinaban el
futuro y proyectaban películas en una roída sábana atada con
cables. Sin embargo, la magia no se hacía presente, teníamos que
esperar largos meses hasta que algún compañero de la escuela
primaria nos decía casi en secreto, que finalmente había llegado el
verdadero espectáculo de magia y fantasía: el circo.
domingo, 18 de agosto de 2013
El circo I (El circo de Oskar Chon)
La magia del Circo 1
(El circo de Oskar Chon).
Por: Alejandro Aldana Sellschopp.
Mi
niñez transcurrió en un pueblo perdido de la selva chiapaneca.
Estábamos rodeados de la más variada y exuberante vegetación, las
copas de los árboles se entrelazaban con enredaderas formando una
cubierta que impedía el paso de los intensos rayos del sol, ahí
abajo, en la frescura húmeda crecían los cafetos repletos de
cerezos rojos, telas de araña y una calma milenaria donde el tiempo
se detenía para contemplarse en el agua de algún arroyo de aguas
cristalinas. Estábamos rodeados de selva: arbustos, lianas, bejucos,
orquídeas volando sobre la semioscuridad del cafetal. La selva era
un animal omnipresente, su lenta respiración la sentíamos todos en
el viento caliente de la mañana, en la humedad de la tarde, en las
torrenciales lluvias que caían sobre un pueblo durmiendo su edad de
oro. Ahí la caoba, el roble, el cedro rojo, el cacao, las anonas, la
guanábana goteando su interminable miel, los platanales y su
frescura, el palo de Campeche, el mulato, el corcho donde crecen los
gusanos zatz, delicia de exigentes paladares. Estábamos rodeados de
selva. Veíamos ardillas, comadrejas, el sabin, los tlacuaches,
perros de agua, mapaches, sobre las palmeras del parque central
lechuzas blancas construyeron su nido, en los naranjos de los caminos
se posaban los quetzales. En los tulipanes rojos y amarillos de la
escuela primaria revoloteaban los colibríes, que nosotros llamábamos
chupamirtos, si tenías un poco de suerte, de camino al rancho de
algún amigo observábamos un tucán bajo el esplendor del día.
Estamos rodeados de selva. Las lagartijas y los tolocs hacían sus
nidos en nuestros refrigeradores o estufas, las coralillos aparecían
en las bañeras, las ratoneras en los trasteros. La selva caminaba
como un mastodonte prehistórico, se metía a las casas, crecía en
los tejados y tapaba los tubos de agua, se colgaba de los árboles de
toronjas y mandarinas, llovía hasta el panteón anegando las tumbas
para dejar al descubierto algunos cuerpos y huesos de difuntos. La
selva reptaba de noche, robaba las gallinas de los gallineros,
degollaba patos, se comía el maíz y el frijol, se escurría por los
corredores y ventanas, entraba a las habitaciones y lentamente iba
penetrando nuestras bocas y fosas nasales, hacía su nido en nuestros
cuerpos, en nuestros huesos y en nuestra sangre.
viernes, 21 de junio de 2013
El ensayo en Octavio Paz: Poeta con vocación crítica 4
El ensayo en Octavio Paz: Poeta con vocación crítica 4
Por: Alejandro Aldana Sellschopp.
Para: Luz y Emiliano
Muchos fueron los temas
abordados por Paz en sus ensayos, estudios críticos a escritores de
diversas posturas estéticas y políticas como: Rousseau, Sade,
Breton, Marx, Sartre, Baudelaire, etcétera, así como: el tiempo
lineal, el fin de la modernidad, la vanguardia, las drogas como
crítica de la comunicación, ser ateo en Occidente, etcétera.
En los ensayos de Paz el
lector es seducido por el estilo, un lenguaje bellamente construido,
que arroba y nos pierde, los datos más que pesar se convierten en
verdaderos artilugios del mago del lenguaje, las referencias y citas
se mimetizan con el discurso en un ritmo único: “La noche de Sor
Juana no es la noche carnal de los amantes. Tampoco es la de los
místicos. Noche intelectual, altiva y fija como un ojo inmenso,
noche construida a pulso sobre el vacío, geometría rigurosa,
obelisco taciturno, todo fija tensión hacia los cielos”
(Paz,1983:40), sirva de ejemplo este bellísimo pasaje.
Heriberto Yépez ha
comentado: “Para ocultar sus remakes,
variantes, robos y préstamos, Paz contaba con un aparato retórico
–reconocible y frecuentemente imitado- en el que las ideas eran
adunadas poéticamente hasta que lograba apropiárselas vía arrobos
y tropos”. En los ensayos de Paz siempre queda un vacío, casi
nunca es concluyente. Su discurso es un conocimiento que tiene dudas
y no teme expresarlas, por el contrario, hace de la duda una
metodología, un recurso. “Hay que dejar caer una gota de duda en
lo que se dice, la sombra de la incertidumbre debe acompañar a
nuestras afirmaciones” (Paz,2003:34).
Paz entiende al ensayo
en su concepción moderna, como algo vital, habla de cosas existentes
y ya discutidas; sin embargo, nos lo presenta desde ángulos
inesperados, mediante una conciencia crítica, y por ello incómoda,
no se casa fácilmente con lo canonizado, busca eliminar la máscara
para encontrar el rostro, aún cuando máscara y rostro puedan ser lo
mismo. Paz critica desde su subjetividad, su personalidad se apodera
del discurso, se olvida de la objetividad, opina, juzga
apasionadamente, se repite y se contradice, pugna por la pasión
reflexiva, por la libertad informada, la intuición poética, en
franca lucha contra cualquier postura pretendidamente científica.
Paz ilumina con sus posturas estéticas, políticas, históricas,
devela un rostro del problema estudiado, que probablemente ni nos
imaginábamos, esto provoca vacío, desasosiego, inquietud, muchos de
sus ensayos nos dejan con las mismas sensaciones de cuando leemos un
poema, la resonancia de emociones es la misma, en más de una ocasión
incluso nos molesta, nos provoca, rompe con nuestro confort, dice lo
que no queremos que se diga, nuevamente nos quita las máscaras y nos
aterramos al ver nuestro rostro, su discurso es un espejo humeante.
jueves, 30 de mayo de 2013
El ensayo en Octavio Paz: Poeta con vocación crítica 3
El ensayo en Octavio Paz:
Poeta con vocación crítica 3
Por:
Alejandro Aldana Sellschopp.
Para: Luz y Emiliano
En
1968 Octavio Paz traza sus directrices ideológicas y críticas, se convierte en
uno de los intelectuales más importantes de América Latina. El amplio espectro
de sus inquietudes estéticas nos revelan un espíritu de y para
el conocimiento, su obra constituye un corpus de extrema ambición, desde sus
primeros libros se empeñó en tocar el absoluto, formular un todo orgánico que
trataba de armonizar una pluralidad de discursos: el de la filosofía, religión,
erotismo, arte, política, historia, etcétera; para ello fue necesario que
incursionara magistralmente en una diversidad de géneros: la poesía, ensayo,
cuento, prosa poética, dramaturgia, tan sólo le faltó escribir, como a Borges,
una novela para completar su ciclo creador.
Octavio
Paz supo que un poeta no podía circunscribirse a las limitaciones
espacio-temporales, que debía pensarlo todo, sentirlo todo, más allá de
geografías y lenguas, reventar de
vida en cada acto y en cada poema. Uno de sus primeros poemas, escrito a sus
dieciséis años, dice: “No buscaba nada ni a nadie, buscaba todo y a todos”; en
esa búsqueda el joven Paz lee con febril pasión a: Dumas, Constant, Balzac,
Galdós, Dostoievski, Tolstói, Turguéniev, sigue con entusiasmo a poetas como:
Quevedo, Lope, Calderón, Mariano José de Larra, los románticos, y algunos años
después en la revista Contemporáneos se encuentra con T.S Eliot, Saint-John Perse, James Joyce, y muchísimos
poetas más.
Paz
se convirtió en un mexicano universal, en su obra al igual se ocupa de los
problemas de México como los de América Latina; pero también se interesa por la
historia, política, arte y religión de países Orientales y Occidentales,
partiendo de la idea de que todos los hombres de la historia han luchado contra
situaciones que rebasan su carácter particular o local, pues son parte
consustancial a la condición humana. Por ello al analizar a México o América
Latina lo primero que hace es situarlos en la historia, nos convierte en
contemporáneos del mundo.
Como
apunté en líneas anteriores Octavio Paz tuvo dos actividades fundamentales:
poeta y ensayista. Sus lectores y críticos debaten sobre cuál de las dos
empresas fue donde Paz se muestra con mayor maestría; es interesante observar
cifras proporcionadas por la revista La Tempestad (2008), que en un censo de 2007, nos dice que
Octavio Paz es un escritor que vende muchos libros, de sus cinco títulos más
vendidos cuatro son de ensayo y uno de poesía: El Laberinto de la Soledad ( ha vendido desde su aparición en 1950, a 2007, la
espeluznante cantidad de cien millones de libros), La Llama Doble (Publicado por primera vez en 1993, ha vendido 193
mil ejemplares), Sor Juana Inés de la Cruz o Las Trampas de la Fe (Publicado en 1982, un año después de que a Paz se
le otorgara el Premio Cervantes, ha vendido 200 mil ejemplares), Vislumbres
de la India (Ha vendido 72 mil
ejemplares), y ¿Águila o Sol?
(Libro de poemas en prosa, va por su tercera edición). Es significativo que de
los cinco libros, sólo uno es de poesía. Y es que como afirmó Paz al referirse
a los pocos lectores de Xavier Villaurrutia: “En la época moderna la poesía no
es ni puede ser sino un culto subterráneo, una ceremonia en la catacumba”
(Paz,2003:83).
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