lunes, 7 de julio de 2008

Una fracción de la joven narrativa chiapaneca, indicios hacia una estética de la maldad

por: José António Reyes Matamoros.

1. Desde la aparición del EZLN en Chiapas, debemos integrar la coexistencia en el mismo territorio de dos ejércitos, la existencia de grupos paramilitares; los Caracoles y las juntas de buen gobierno como expresión del cumplimiento de los acuerdos de San Andrés, y como posibilidad de hacer gobierno desde la base. Además, las decenas de organizaciones campesinas, los ene partidos políticos que de poco sirven; las organizaciones religiosas, las organizaciones de productores, de prestadores de servicios. Y en la costa, el problema de la migración de centroamericanos que adquiere niveles dramáticos, y/o la constante destrucción por la violencia de la naturaleza. En Chiapas vivimos en el caos.
2. El arte va a la zaga de los sucesos culturales, trata de alcanzarle, trata de ponerse sino al frente, al menos a un costado, de los sucesos históricos.
3. Sin afán de una concreción del paradigma indiciario. Chiapas es muchos Chiapas, la perspectiva y visión de conjunto que tengamos de la entidad estará determinada por el Chiapas al que pertenezcamos: en síntesis, aún no tenemos la novela global de Chiapas. Cuando Rosario Castellanos se planteó el problema histórico-literario, ahí puso su empeño, no fue casualidad, fue objetivo, y ese objetivo de un fragmento de la vida chiapaneca nos obliga a la pregunta: ¿qué es el ser chiapaneco?, ¿qué determina, en los tiempos que vivimos, el comportamiento del ser chiapaneco?: ¿la construcción de Chiapas?, ¿la integración a la dinámica nacional?, ¿un ejemplo a seguir en esa dinámica nacional?, ¿cuáles son los sentimientos esenciales del ser chiapaneco?, ¿cuáles son los actos, los sucesos que demuestren aquellos sentimientos?, ¿lo anterior está en la literatura chiapaneca? ¿Tiene reflejos en la literatura chiapaneca? ¿Aún es posible y deseable la novela totalizadora de Chiapas?
4. La interculturalidad se vive a diario, pero la intraculturalidad es el fenómeno conciente de quien la asume no como coexistencia, es decir, no como estar en el espacios de convivencia con el otro porque no hay más opción, sino como la existencia plena de los pueblos originales. La intraculturalidad, al asumir la existencia histórica, asume al mismo tiempo la conciencia del otro en las fricciones rigurosas para que el otro se exprese con sus singularidades. La confrontación armada de 1994 tuvo otra continuidad: la exigencia de una parte de los pueblos indios por reclamar el lugar que les corresponde en la dinámica chiapaneca: en la costa, en la montaña, en los valles centrales, en la capital, en la selva.
5. Cada autor escribe de lo que quiere y lo que puede, ¿los autores, jóvenes o viejos, están tratando los problemas anteriores como herencia artística, jamás como obligación o requerimiento para que cuanto emprendan sea literatura?
6. El levantamiento armado abrió muchas puertas y ventanas, incluso derrumbó sólidos muros, no es exageración. Decenas de vidas costó lo que hoy se conoce como guerra sucia en México, los tratamientos literarios de la guerra desde 1965 fueron muy variados: del testimonio a la novela, pero Guerra en el paraíso de Montemayor nació en un momento curioso que posibilitó la aceptación de su novela: hubieron de transcurrir poco menos de treinta años para que el suceso ocurriera. Por su parte, Nudo se serpientes, de Aldaba Sellschopp nació diez años apenas después del alzamiento, acompañado de decenas de libros anteriores a ese título, tantos, en casi todos los géneros, que bien podríamos hacer una biblioteca especializada. 1994 oxigenó la vida chiapaneca, no sólo para las comunidades mayas y zoques. Una puerta muy importante es para las jóvenes generaciones de artistas de todas las disciplinas, toca a ellas consolidar los espacios de expresión, y sobre todo, reflexionar acerca de todos los idiomas chiapanecos. (Aquí el paréntesis es obligatorio: la masacre de Wolonchan fue en 1982, y transcurrieron veinte años para que el tratamiento fuese algo así como el indicio, la prueba, de cuanto ocurriría doce años después).
7. Desde el poder leen en un marco conceptual que cabe en una cáscara de nuez. De la Rebelión de los colgados hasta Balún Canán, nos preguntamos: ¿por qué ocurre esto en Chiapas y no pasa nada? Existían ahí los indicios, las pruebas del abuso, del racismo, de la superexplotación, de la negación del otro, de la cosificación de las comunidades representadas en los personajes, y de la casi absoluta pasividad de esas comunidades ante los agravios que sufrían. Nadie consideró esos indicios como algo que merecía atención. ¿Qué rige esos indicios más allá del carácter de clase, la historia, la prepotencia como método y norma de conducta? En ese periodo de la narrativa chiapaneca está la maldad como esencia común, cuyo sustento es la superioridad que asumen los poderosos ante la supuesta inferioridad del otro, de la comunidad maya o zoque y de la masa mestiza sumida en la miseria.

1 comentario:

A Ramos dijo...

que hay Aldana, pues, nada, acá. Oye, pues, ahora ando de editor de literatura en editorial Jus, que tiene nuevo dueño y nuevo espíritu. Cualquier cosa o proyecto, mandame un correo. Saludos.